María y el P. Juan

He pasado estos días por dos Santuarios marianos y se repite la escena –como el año pasado en Tierra Santa-: hombres y mujeres que desfilan delante de la imagen de nuestra Señora, se hacen una foto y se marchan; parece que lo quieren es hacer constar que estuvieron allí, colgar esa foto en las redes sociales y sumar un sitio exótico más en su lista de lugares visitados. Lo que importa es la foto. Nunca tuvieron una experiencia; es cierto que visitaron Lourdes, Fátima, Covadonga o el Pilar, pero no se encontraron con María; pasaron por su casa, pero no supieron ver a la Señora.

Para cualquiera que se acerque a la vida del P. Juan se dará cuenta que para el Siervo de Dios María no era una foto, que su experiencia de la Virgen fue algo que marcó toda su existencia, desde la cuna hasta su marcha al cielo. El P. Juan forma parte de esta constelación de santos -sin adelantarnos al juicio de la Iglesia- que podemos aglutinar bajo el título de «chiflados de la Virgen». Así podría decirse que es la suya una «santidad mariana». Así lo recoge un testigo: «En cuanto a la devoción por la Santísima Virgen, era otro de los puntales de su vida. No es circunstancial el que hiciese coincidir las grandes fechas del Instituto con festividades marianas, yo diría que el Siervo de Dios tenía “debilidad” por la Santísima Virgen».

Aprende del ejemplo y de la palabra de su buena madre a dirigirse a la Virgen desde pequeño. Consagrado a Ella al poco de nacer, María lo siguió siempre de cerca y él supo corresponder a su gracia materna. Los principales hitos de su vida, primero, y posteriormente, del Instituto secular por él fundado, están en íntima relación con Fiestas de la Virgen: un 16 de julio (Virgen del Carmen) hará su consagración definitiva en la Hermandad de Sacerdotes Operarios; un 24 de septiembre (Virgen de la Merced) tendrá la inspiración de la fundación del Instituto de Siervas Seglares de Jesucristo Sacerdote; un 8 de diciembre (Inmaculada Concepción) verá aprobado por Roma su querido Instituto. Recuerda una de las primeras Siervas que el P. Juan «tenía una devoción filial a la Santísima Virgen, que nos la expresaba en sus sermones, pláticas y con su misma vida. Rezaba el rosario todos los días y las fiestas de la Virgen las vivía, podemos decir, con una solemnidad individual y personalizada. Se encontraba orgulloso de que los principales acontecimientos del Instituto hubiesen sucedido en fiestas marianas».

Cuanto recomienda a los demás es expresión de su propia vivencia. Experimenta que, como Jesús fue formado en el seno virginal de María, Ella ha de ser el crisol donde se fragüe la auténtica santidad sacerdotal: «Pidamos esta gracia a la Virgen: que ejerza con nosotros los mismos oficios e influencia que con los Apóstoles y primeros cristianos». Decía a los seminaristas al terminar el año 1935: «¡Que nuestra Madre y Patrona la Virgen Inmaculada haga crecer en nuestras almas el amor hacia Jesús!» Y más adelante, siendo Director espiritual del Colegio Español en Roma insistía: «Nosotros, si queremos desarrollar la vida de Cristo en nosotros, ser “cor unum et anima una”, robustecer nuestra pureza sacerdotal, llenarnos y rebosar alegría, ¿a quién hemos de acudir sino a nuestra Madre la Virgen Santísima de la Clemencia (es la Patrona del Pontificio Colegio)? ¿Qué haremos?… ¿Cómo estar nosotros con María? Convicción profunda de que, sin una especial intervención de María, no saldrá bien formado; nos la está brindando».

También la propone como ideal para sus hijas; así dice una de ellas: «Sobre la piedad mariana, contemplábamos a la Virgen como la primera sierva del Señor, de ahí la frecuencia en leer y meditar la Palabra de Dios, principalmente el Magníficat, como reflexión y actitud de gratitud al Señor; también el contemplar a la Virgen como la primera mujer consagrada acompañando la vida de su Hijo, lo transfería a la vocación nuestra de acompañar al sacerdote en su vida y su ministerio. Después nos inculcó la fidelidad a actos marianos, principalmente el rezo del Santo Rosario». Las normas de piedad marianas no eran para el P. Juan el cumplimiento externo de un deber, o la repetición de fórmulas sin vida, sino una auténtica conversación de enamorado, de un hijo que busca la seguridad en los brazos fuertes de su Madre.

Cercanos ya a la Asunción de María al cielo y su posterior coronación como Reina de todo lo creado, pidamos al Señor que, siguiendo el ejemplo del P. Juan, crezcamos en amor a la Virgen. Que nos decidamos a seguir las huellas de esa «santidad mariana» que no es sino la imitación de Cristo –ser como Él- a través de las virtudes de su, nuestra, Madre.

Fernando del Moral Acha
Sacerdote de la diócesis de Madrid

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