¡Ya es Venerable el Padre Juan!

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¡Ya es Venerable el Padre Juan!

Hoy 5 de agosto hemos conocido la noticia de la Declaración de las virtudes heroicas del P. Juan. Hoy se celebra la memoria de la Dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor en Roma, la Virgen de las Nieves, la Blanca… como siempre en la vida del P. Juan las cosas importantes suceden en días de la Virgen.

La Hermandad de Sacerdotes Operarios, el Instituto Secular de Siervas Seglares de Jesucristo Sacerdote y todos los sacerdotes nos sentimos hoy de Fiesta. La Iglesia -tras meticuloso examen- reconoce que el P. Juan ha ejercido en grado heroico todas las virtudes, lo que intuíamos al acercarnos a su vida hoy lo ha sancionado la Iglesia: vivió de una manera heroica.

Nuestro recuerdo agradecido a todos los que en estos años han trabajado en su Causa: a las primeras Siervas que conservaron su memoria, a los distintos Operarios que han postulado la Causa, a las diversas Directoras generales y Siervas que han impulsado todos los trabajos y a tantos y tantos devotos que no han cesado de acudir a su intercesión y difundido su persona y escritos.

El Proceso no ha terminado, queda seguir rezando para que pronto sea aprobado un milagro por su intercesión que permita su Beatificación.

Sigue resonando -hoy si cabe con más fuerza- su deseo de santidad sacerdotal. Que la declaración de sus virtudes heroicas sea para sus hijas y para todos los sacerdotes un momento de conversión e impulso, acrecentando nuestros deseos de santidad.

Leyendo los escritos del Padre Juan se advierte de inmediato cómo domina toda su vida una única obsesión: «Ser santo y formador de santos».  Lo tuvo claro desde los primeros años de su sacerdocio. Y lo repite año tras año hasta el final de sus días, como una cantinela: «Jesús no se contenta con menos que con la verdadera santidad, con la santidad heroica …. Me ha elegido, por sus secretos juicios, para molde de sacerdotes santos y apostólicos. Aquí no hay opción: o la santidad verdadera o la bancarrota…»

Esa firme decisión de llegar a ser santo le impelía a un abandono filial en las manos de Dios, al que preguntaba a todas horas: «Señor, ¿qué queréis que haga?» Y la prueba de que no tomaba a broma la tarea de su santificación es que encontraba la respuesta a su pregunta esforzándose por «obrar a lo hombre, a lo héroe, a lo santo», pues tenía siempre muy presente que era una exigencia ineludible de su sacerdocio, de su labor de formador de sacerdotes primero, y luego de Fundador.

De tal manera estaba empeñado en escalar la cima de la santidad, que consideraba inútil y estéril una vida que no estuviera impregnada de este anhelo. Y así pudo escribir en su Diario íntimo palabras como estas: «Soy hombre de Dios, el amigo de confianza de Jesucristo que tiene la gran responsabilidad de hacerse santo y hacer santos».

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